19 ago 2012

Acerca de: EL CEPILLO DENTAL

"¡Voila! La maldita frescura química fue ocasionada por la crema dental. Tan exagerada y cuestionable como una rendición de cuentas de este gobierno."



Hay algo en mi aliento; algo falso, seco, dulce y embelesador (como muchas presentadoras del noticiero), algo que causa cierta frescura, pero que también me satura la saliva en un intento por desconocer mi gusto hacia el tabaco, hacia el café y hacia el hogareño sabor de la arepita antioqueña extraída del supermercado (producto digno del orgullo paisa, refrigerado según la tradición en los almacenes ÉXITO, un lugar emblemático de la región de la "eterna primavera", porque no hay nada más paisa que un multimillonario negocio que se da el gusto de vestirse de amarillo floripondio).

Ese extraño sabor, codificado por la dureza de mis muelas, no me deja ni escribir con claridad ni pensar desde las sombras neuronales, y pese a que esta mañana quise echar madres sobre todas las banalidades del mes, las cuales alimentarían de numerosa vergüenza el contador de este blog, no pude empezar una sola línea interesante para la resurrección de Oscar con la muerte del rating de RCN, ni para el nebuloso conflicto indígena en el Cauca del cual prefiero reservar mi opinión, ni sobre la mordida a la yugular de Kristen contra su versión del empalador para adolescentes Robert Pattinson (Cualquier morbo sugerente sobre ese Kent con colmillitos es responsabilidad de cada lector ¡Obviamente!). Tampoco pude esgrimir ataques a favor del veganismo extremo de la novia de Cerati (agradezco al autor de un comentario tan saludable para mi humor) ni para el despilfarro de los Olímpicos en plena crisis Europea, y ni siquiera una sola palabra sobre nuestro cuestionable orgullo mediático hacia los 8 medallistas colombianos... ¡No pude! Quizá era imposible hacer literatura desde el absurdo, o desestimé la inspiración producida por Facebook cuando encontré en la misma hiperlectura, frases de Ghandi, fotos retocadas simulando la portada de una revista, y los jeroglíficos de una subcultura denominada "Faras" que de forma muy primitiva trata de distinguir entre sus hormonas  y su dignidad.

Ante todo eso, resultaba algo incoherente referirme a cualquier suceso interesante, sin embargo, si la vida es por naturaleza una absurda casualidad, como ser humano solo me quedaba intentar darle orden a sus coincidencias... Estaba sentado ahí, vacío y con ansias de escribir, pero como tal inocuidad universal me obligaba a buscar de labios hacia adentro, todo debía empezar desde ahí, con la lengua entre la sombra buscando la chispa para encender las palabras.

¡Voila! La maldita frescura química fue ocasionada por la crema dental. Tan exagerada y cuestionable como una rendición de cuentas de este gobierno. No había llegado por si sola a apoderarse de mi paladar, tenía un cómplice. Fibroso, delgado y a primera vista inocente... ¡El higiénico cepillo dental! Tan sofisticado; indispensable en una maleta de viaje, purificador del esmalte que desgarra con hambre los alimentos... Todo un héroe silencioso, pero ¿Acaso nunca hizo nada malo?... Sí, si lo ha hecho, es más aún lo hace, doblegó mi libertad de expresión en la infancia y ahora me traumatiza con la más temible de sus condenas, la de verme a mí mismo lo más “homínidamente” posible.


Cuando era niño me encantaba sentir en exceso, sin prudencia ni buen comportamiento y varias veces fui castigado por ello a través del dicho "¡Que son esas groserías! ¡Vaya y lávese la boca!", a lo cual pocas veces accedí al no sentirme culpable, pero con esa expresión entendí que los malos actos pueden ser lavados y cepillados hasta desaparecer. El cepillo y la crema dental adquirían entonces un poder sobrenatural, la de limpiar la consciencia cuando del lenguaje se trata. ¡Uribe lávate la boca! Lo que dices es un acto de megalomanía ¡Chávez lávate la boca! Lo que dices es un acto de megalomanía ¡Shakira lávate la boca! Obviamente no eres megalomaníaca pero ¡¡¡Como putas te equivocas con el himno nacional cuando te lo enseñaron desde la primaría!!!... En fin, lavarse los dientes pareciera ser una buena solución cuando existe un arrepentimiento de palabra, lo cual, embebido en está inmadura adultez que me sosiega, no resulta para nada mal  ¡Uyyy esperen! Olvidé a alguien ¡Azcarate lávate la boca! Lo que dijiste sobre las gorditas, aunque tuvo cierta gracia, nos demuestra que tú no tienes el cerebro suficiente para ser megalomaníaca; tus palabras fuera de ser "pesadas" para las pesaditas, no son un acto muy rentable cuando flaca o gorda te pagan lo mismo por buscar chistes machistas en google y decirlos por televisión...

¿En qué iba? ahhh ya... Cuando creces, y tu desarrollo personal se mide según la magnitud del robo efectuado por tu tarjeta de crédito, entiendes que cepillarte de forma casi obligatoria todos los días, pudo ser el mejor de los métodos para que ahora no resolvieras tus pequeños conflictos con insultos incoherentes... ¡Malparido! (Como si nacer por cesárea fuese un delito) ¡Guevón! (Como si segundos antes le hubieses mandado la mano a la entrepierna para sopesar su masculinidad) ¡Maricón! (Como si hubieses pasado la noche anterior en su cama). Ahora bien, siendo la niñez el hermoso manifiesto de la insolencia, las anteriores groserías fueron reprimidas poco a poco hasta derivar en mi exhausto sarcasmo, más la osadía del enfermizo plástico lleno de cerdas no había finalizado; nunca le bastó con erradicar el sarro de mis malas palabras, ´también tenía que ser el instrumento para cuestionar mis más profundas caries, las del alma.

Tiempo después de entender que, si los pecados del cuerpo encontraban descanso en la ducha, los de la lengua en cambio podrían ser rastrillados con pelos sintéticos; en muy poco tiempo me vi empastando de menta mi rabia contra el sistema, mis frustraciones de la juventud, mis tragos inocentes bajo el emblema "tome, tome, sea un varón", además de los varios besos indiferentes que mi boca aprendió a dar para evitar esa pendejada que llamanban Soledad. Pero, al paso de los años, el aseo bucal de la mañana se encargó de los sinsabores de la noche anterior, el lavado del medio día de mis frustraciones sociales y el último, la cepillada antes de dormir, iba quedándose sin trabajo, limitándose a sustraer de mis dientes su afán por la carne triturada y el arroz marca Roa, el de aquel señor de acento forzado que buscaba formar un harem de amas de casa. Ahí comenzó a formarse mi adultez; con el cepillo dental en una mano y mis ojos clavados en el reflejo del tocador. Como no me quedaba suficiente cargo de consciencia por limpiar, las ideas iban y volvían entre gárgaras de espuma, haciendo una especie de vorágine  dentro de la garganta donde han navegado desde Sacher-Masoch hasta Virginia Woolf. Sin embargo mi propia inteligencia no podría sustentar tanta indiscreción, y luego de estrellarlos con la atrevida ignorancia que producen los buches en un lavamanos clase media, acabé por escupir muchos brillantes intelectuales contra el desagüe.

Hubo un día en el que no habían penas que lavar y solo tenía una idea de Jung endulzándome las papilas. Aquel día entré al baño para deshacerme de las palabras viejas y exprimir con cierta paciencia los reductos de la crema dental, una gran destreza milenaria aprendida por generaciones desde aquel hombre que le dio pereza comprar otro dentífrico en la tienda. Tomé entonces el instrumento ese que me miraba carrasposo desde el porta-cepillos y después de untarlo, lo mandé a mi boca mientras digería el inexistente "Genualismo" psicoanalítico. Cuando la idea se disolvió en el enjuague, me propuse escupirla para dar pie a otro planteamiento, pero... ¡No había ningún otro! La baba espumosa de Colgate se escurrió por la comisura de mis labios, llevándose consigo  la última de mis ideas mientras el cepillo de dientes se reía insolente de mi desgracia. No tuve otra opción que alzar la vista, encararme a mí mismo frente al espejo y absorber el silencio que habitaba en el baño, sin vanidad de por medio, sin atragantarme con bosones de Gigs ni con crisis diogénicas sobre el descaro de este país, sin la posibilidad de maldecir nada, solo estando ahí, raspando las muelas de mi humanidad, dándome cuenta que ese momento, el del final de todas las noches cara a cara con el lavamanos, era quizá el mayor instante de intimidad que un hombre puede tener con su propio yo.

No existía un lenguaje por pronunciar, no había nadie más con quien divorciarme del matriarcado del tiempo, estábamos yo y mi otro yo, con una vacuidad insoportable… ¿Existe acaso un mayor instante dónde reencontrarse así mismo? ¡No! Y al hallarlo tuve que correr, como cualquier estúpido que evade el silencio prolongado cuando se encuentra solo. Me aterrorizó verme de forma tan reveladora, con las chanclas heredadas de mi padre, el pelo trajinado por la inhospitalidad de la existencia, y el cepillo ahí en mi boca… Sentí de un segundo a otro que el mundo no tenía fin, que me dolía el espíritu y que en el fondo, debía sacar el mango de plástico de mi garganta, porque de mantenerlo ahí, el terror deese encuentro introspectivo terminaría por asfixiarme…  Desde aquella situación pienso todas las noches si volver o no al lavado, y al concluir mis incertidumbres, siempre termino yendo en su dirección, porque, aunque parezca un acto suicida, ignorarme a mí mismo es similar a morir por accidente, y que pereza fallecer después de ver la sección de farándula, donde como aclaró el maestro Pedro Badrán, el universo empieza con sangre, sigue con los deportes y acaba en un final feliz.



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15 jul 2012

Acerca de: SER SOBRECALIFICADO

Sobrecalificado, extracalificado, supracalificado, ultracalificado... no importa el superlativo de bisutería para adornarlo, no existe un término más apoteósico que ese cuando de aspiraciones se trata. 



Hubo un tiempo que fue hermoso y fui libre de verdad. Guardaba todos mis sueños en castillos de cristal... Charly cantaba ante más de 100.000 pares de oídos. Yo lo miraba con ojo de cazador a través de mi lente y, mientras mi chica sonreía por verlo gordito, mi cámara disparaba ideas sobre su rostro, devolviéndome preguntas atravesando mis los ojos hasta alcanzar mi cerebro.

El honorable señor don padre del rock en español, aquel músico prodigio iluminado por luces de colores, no era un hombre normal, más bien parecía un gran bigote envuelto entre el papel regalo de la fama. Brillaba sin desentonar, cantaba sin cuestionar, hasta se reía sin actuar, o en otras palabras, Charly era él, Charly, ni mucho más ni mucho menos; nadie lo dudó en ningún momento, ni siquiera él mismo... Era él, simplemente él y ya, mientras que éste fotógrafo, no se sentía muy seguro de quién era realmente.

Poco a poco fui creciendo y mis fábulas de amor, se fueron desvaneciendo, como pompas de jabón... Creo que por ahí está la clave de mis dudas; mientras el verdugo de los dinosaurios tocaba el piano, yo tenía algunos sueños quebrados de días anteriores, de cuando me sentía libre de ser quien quería ser, pese a los pagarés de libertad que vienen endosados con las facturas del agua, la luz y el ahora multiservicios multiemputecible Claro (porque bien Claro me lo está dejando).

Durante los clics del obturador, lo escuchaba desde el interior de mis pulmones, respirando con la tenue precisión de sus gestos, todo para tratar de reafirmar que era a Charly, el maestro Charly García, a quien tomaba fotos y no a cualquier otro. Alguien que no se puede confundir en escenario, alguien al cual el instrumento comenzaba a quedarle grande trás décadas de dominio, alguien sobrecalificado para sus propias canciones... incluso para su propia autoestima; sin embargo, a nadie parecía importarle esto; él hacía lo que tenía que hacer, y lo hacía tan bien que cualquier otra cosa que hiciera era como un hecho hecho sin hacer, sin relevancia relevante, o sea, irrelevante.

En cambio yo, apenas debajo de la horizontalidad de sus pies, hacía lo que tenía que hacer. Igual ninguno me prestaba mucha atención, pero en un intento por querer hacer algo diferente, buscando hacer las cosas que siempre quise hacer, me habían dicho horas atrás que estaba sobrecalificado, y aunque me negué a una afirmación tan egolatrizante, fui descalificado por haber hecho más de lo necesario, mientras a duras penas hago lo suficiente para hacer de la vida vivible, o sea, lo menos invivible posible.

Noches antes llegué a sentir que es larga la carretera, cuando uno mira atrás... Y cuando armaba mi hoja de vida para uno de esos pocos oficios donde la poesía no muere, aunque se la encarcele de 8:00 a 5:00 pm, terminé con un resumen formal de muchas torturas laborales de las cuales no me siento tan orgulloso como quisiera. Entre el teclado se paseaban nombres altruistas de proyectos aburridos, responsabilidades muertas de hambre con cargos elegantes, jefes, teléfonos y hasta direcciones tan atractivas por su sabor a venganza que yo mismo estaba dispuesto a cobrármelas después de aplicar al puesto; en fin, sobre la pantalla florecía una "ramería" de experiencias laborales en la búsqueda de una sola actividad, noble, bien paga y de cierta "cositería" tal como me gusta. Pero pese a mi notorio interés, no obtuve el trabajo. La razón: Resulté ser demasiado para la tarea ofertada.

¡País de mierda! Pensé al escuchar el término "sobrecalificado". Todos en esta economía del qué dirán, acosan hasta el desespero para que los jóvenes estudien una carrera, antes de ser demasiado viejos para el mercado profesional (25 años máximo para no tener experiencia, 30 años máximo para ser casi el ejecutivo del año de la revista Forbes,  de ahí pa' lante mijo haga lo que le toque y ruegue pa' que no lo echen hasta que pueda cobrar el mito de una pensión en el 2050)... y aún con el zarrapastroso ideal que "el progreso del país está en la educación",   no pude evitar sentirme tan diminutamente agraciado con la frase de "está más preparado que un yogurt". ¿SOBRECALIFICADO? Tal vez, pero a diferencia de lo que pensaba mi entrevistadora, yo no me sentía un exceso; es más, había llegado a sentirme aliviado por apostarle a un trabajo con un salario decente y una labor provechosa para mi vida, dejando en el ayer la casi pordiosera actividad de conseguir clientes y acabar estirando la mano llena de huecos endeudados para que paguen.

Sobrecalificado, extracalificado, supracalificado, ultracalificado... no importa el superlativo de bisutería para adornarlo, no existe un término más apoteósico que ese cuando de aspiraciones se trata. La ignorancia puede remediarse con el autoaprendizaje o con un título universitario (aunque esto no sucede siempre, varias reinas de belleza y muchos congresistas pueden dar fe de ello), pero cuando la curiosidad excede el promedio ¿Cómo remediar el saber de más?

Frente a la sospecha de enardecer mi fosforito reprimido, he construido una lista de consejos para evitar ser sobrestimado en el momento de la entrevista. Seguramente no son la clave para conseguir el empleo deseado, sin embargo, si al usarlos obtiene el trabajo, siéntase satisfecho de ver que sus excesos cognoscitivos serán sobre explotados por un jefe troglodita que abusará complaciente de su actitud "propositiva".



PASO 01: DISEÑE SU ANTI-CURRICULUM

Con la necesidad de oscurecer su propio potencial, esfuerce por escoger buenas experiencias contrarias al perfil solicitado. Por ejemplo, si busca un puesto de diseñador, utilice la peor tipografía posible, deforme su foto personal y dele prioridad a trabajos previos en bares, callcenters, ventas por catálogo y hasta el de recibir una mesada por haber cuidado niños ajenos, mientras sus padres "resolvían" su inapetencia sexoafectiva yendo a un motel. En cambio, si su aspiración es ejecutiva, use hojas de colores, letra cursiva y/o manuscrita y exalte sus profundas emociones construyendo un perfil con expresiones como "odio las mentiras porque son feas" o "me gustaría tener más de 5000 amigos, pero Facebook es un antisocial porque no me lo permite"

PASO 02: LLEGUE MEDIA HORA ANTES DE LO SOLICITADO

Pese a lo que muchos creerían, aparecer antes en la oficina es en muchos casos inoportuno. Pero existiendo gente desocupada en cualquier empresa, procure avisar en recepción su llegada las veces que le sea posible, y en cada aviso, vaya al baño, dese una vuelta por el edificio y regrese con la excusa de haberse confundido, pidiendo de nuevo que lo anuncien. Esto son duda desesperará a su entrevistador y usted mismo, por lo cual su entrada empezará con al menos dos puntos menos del promedio. 

PASO 03: AUMENTE DE MANERA MUY PRETENCIOSA SU ASPIRACIÓN SALARIAL

No importan las cualidades profesionales requeridas, la institución a la que Ud. está a punto de rogar por trabajo buscará ahorrarse algún dinero en su contratación, por ende, no hay nada que lo descalifique más que pedir 20 SMMLV,  por trabajar de asistente, coordinador, asesor o creador de contenidos. Su entrevistador pensará que usted está loco, aún más si logra contraatacarlo con un comentario del siguiente calibre: No puedo creer que usted, tan buen profesional que se ve, se haya regalado por menos... ¿O sí?

PASO 04: DESPÍDASE DE FORMA EMBLEMÁTICA

Después de ser baleado intelectualmente por el psicólogo de recursos humanos, le aconsejo implantar una marca de afecto lo más auténtica posible. En caso de encontrarse con un entrevistador de un sexo contrario al suyo, en el momento en que éste le extienda su mano, siéntase con la confianza suficiente de mirarlo(a) a los ojos y apriete su mano con bastante fuerza e ingenuidad, agitando su brazo como palanca de parqueadero unas 6 veces. Con esto demostrará una agresiva emotividad inolvidable para su calificación. Por otra parte, si el entrevistador es de su mismo género, déjese de sexismos y zámpele un par de besos en cada mejilla durante no menos de 3 segundos, asegurándose de humedecer lo suficiente sus labios para babosear de afectividad (casi inmoral) el rostro de su ejecutor.

PASO 05: CERCIÓRESE DE SABER EL RESULTADO DE SU ENTREVISTA

Por último, escribiendo desde las palabras de la experiencia, no es bueno sentirse conforme con los pasos anteriores. Si busca quitarse el mal de ojo de ser sobrecalificado, la estocada final parte de su intensidad. ¡¡¡Llame, llame, llame, llame y llame!!! No importa si el director, luego su asistente y si hasta el celador le dijo que su hoja de vida será tenida en cuenta para siguientes ocasiones; no existe mejor antídoto para una sentencia tan terrorífica como la de ser “mucho” para el puesto. Entre más intenso sea preguntando las fechas de resolución, las otras vacantes o cualquier otra razón insignificante, más satisfecho se sentirá de no haberse tenido que rebajar para poder ganarse la “papita” diaria. Al final, luego de insistir por un tiempo no inferior a un mes, sabrá a ciencia cierta si valoraron todas las engrandecidas referencias de su trabajo (porque no nos digamos mentiras, las palabras hacen magia y después de ser el chinomatic de su anterior trabajo, el término coordinador de procesos internos, le sienta mejor a su dignidad) y si, pese a la sobreactuación están dispuestos a contratarlo, siéntase agradecido de poder sorprenderlos luego con sus verdaderas facultades.



De un momento a otro, la memoria de mi cámara se llenó en una especie de señal divina. Era el momento de acabar con mis auto-laceradas reflexiones sobre aquel oficio, en el que me sentiría más feliz que tortuga con rueditas, y dedicarme a escuchar lo que el sesentón cantaba sobre la tarima. Luego de un respiro frustrado volteé la mirada y ahí estaba la chica de la que estoy enamorado con una lágrima sobre sus pómulos desafiando la gravedad. Ella, al sentir como la música caminaba sobre su piel, decidió responder a mis miradas desintegrando cualquiera de mis preguntas.

Te encontraré una mañana, dentro de mi habitación…  La abracé y dejé caer la congoja de mis labios sobre su hombro. No pasó ni un segundo antes de darme cuenta que sufrir de una desempleada sobrecalificación no podría ser tan malo, si alguien como yo lograba sobrevivir a sí mismo sin vender gran parte de su vida a un trabajo, a una órdenes y a unos horarios que alguien más pensó para subordinar a todos los que pudiera.

Y prepararás la cama para dosTurutururururú … turururaaá



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7 may 2012

Acerca de: Gay Talese en FILBo 2012


“Siendo periodista tenía la licencia para hacer preguntas”

GAY TALESE
 FILBo 2012
Por: Laura Quiceno Soto y
 Carlos Andrés López Franco

Un señor de traje gris, pañuelo rojo, corbata dorada, mocasines brillantes y sombrero torneado, se tomó la Vigésima Quinta edición de la Feria del Libro de Bogotá. Caminaba despacio, como tratando encontrar su lugar rodeado de una multitud dispuesta a aplaudirlo con el primero de sus pasos. Se trataba del escritor norteamericano Gay Talese, autor de novelas como Honrarás a tu padre, Vida de un escritor, además de una reconocida carrera como cronista y periodista en diarios como The New York Times, la revista Esquire y la revista Time.

En el marco de “25 Conversaciones que le cambiaran la vida”, uno de los padres del nuevo periodismo habla de sus inicios como escritor. A través de sus palabras, llenas de cierta complicidad elegante con el público, se desenvuelve su vida redactada por una máquina de escribir destinada a retratar la realidad de otra manera. Narra el origen inmigrante de su familia en Norteamérica, su llegada al The New York Times y algunos detalles que poco a poco revelan el nacimiento del periodismo narrativo bajo sus dedos. La curiosidad fue su principal motivación para elegir el periodismo, y a través de una sonrisa modesta que combina a la perfección con su traje, dice mientras anuda la atención del auditorio: “Cuando los periodistas se vuelven parte de la mayoría pierden la suspicacia”

Los recuerdos, las anécdotas y las personas son los protagonistas de esta charla. Después de su paso por la Universidad de Alabama y luego de convivir insatisfecho con el racismo de la época, viaja en 1953 a Nueva York. Mirando con aguda gentileza a su entrevistador, evoca el momento en el que se hizo pasar como el sobrino del director del New York Times, consiguiendo así su primer empleo como copyboy. Luego, entre los aplausos y risas de sus oyentes, da un curioso paseo por las crónicas de su carrera, donde la paciencia y la precisión periodística se convirtieron en sus mejores aliados para obtener historias de personajes tan escurridizos como Frank Sinatra o la Familia Bonanno; memorias que se pueden degustar línea a línea en el artículo Sinatra esta resfriado y la novela Honraras a tu padre.

Ante un recinto lleno, Talese se confiesa como un lector de ficción en sus inicios; Tolstoi, Fitzgerald y Hemingay construyen el escondite imaginario, donde sus letras hallan refugio antes de salir al papel. También pone en manifiesto su enigmática fascinación por narrar los hechos reales con las técnicas del story telling, creando escenas y diálogos que sobrepasan la delgada línea entre el reportaje y la ficción.

Al final, el señor de traje toma de nuevo su sombrero y se dedica a autografiar los libros de decenas de espectadores ansiosos por tenerlo a centímetros de distancia. Ninguno de ellos sabe qué nuevo relato se está gestando en su cabeza adornada de un paño impecable.
El chico de New Jersey, hijo de padres italianos, quien estudió periodismo para tener la licencia de hacer muchas preguntas; pasó de entrevistador a entrevistado en frente de uno de sus propios libros en la Vigésima Quinta edición de la Feria del Libro de Bogotá.

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29 abr 2012

Acerca de: EL CALVARIO DE LA MOVILIDAD


"Bogotá está a punto de sufrir de un infarto urbano. En horas pico, los ciudadanos nos convertimos en sus más peligrosos coágulos y la sangre en sus vías, buses articulados tan rojos como la ira, se atragantan a si mismos tratando de evacuar la gente que no sabe tomar decisiones más adecuadas para transitar en ellas."


Es gracioso pero aún existe gente preguntándome, ¿por qué alguien dedicado casi por completo a escribir textos de ficción, se pone en la incestuosa (ese término lo agrego yo) tarea de escribir sobre la cotidianidad?, y la respuesta más coherente entre mi bolsa de “trascendentalidades” sigue siendo la misma: La realidad se convierte en ficción cuando la posibilidad de imaginarla, desborda la capacidad de ignorarla.  ¡Claro! Termino armando frases de escritor y no de ensayista, pero no puedo figurarme una mejor cuando en vez de escuchar las noticias matutinas de la radio, mi dial se cruza con algo del repertorio para violín de J.S. Bach en la UN Radio, y prefiero dedicarle las primeras horas del día a mi apartamento sombrío, a las gotas de lluvia que velan el paso de la luz, y a la increíble cualidad de encontrarme con el exterior desde una ventana enclaustrada por su miedo a mojarse.

Veo la vida todos los días pero no desde mi ventana, ya bastante acostumbrada a decir mentiras sobre la lluvia que no ve, los lugares  que no ve, el sol que no ve y las historias que no ve (quiero aclarar con tristeza que nunca he vivido tras un cristal con algo interesante por observar, exceptuando en este nuevo apartamento, donde la tierra gira buscando iluminar mi cuarto para enceguecerme con la guarra de mi vecina vistiéndose “casualmente” bajo su toalla de florecitas).

A partir de tal dicotomía, muy habitual desde mi infancia, me he acostumbrado a escribir en dos lugares diferentes; entre el más profundo encierro, cautivandome a mi mismo con mi propio cautiverio, o a través del más inédito barullo, donde la psicofonía urbana enmarca aquel incesto de reescribir mis íntimos pensamientos. Es en ese espacio colectivo, indiferente, asustadizo, lleno de palabras en cafeterías, de notas grabadas mientras camino, o de papelitos copiados en aquel cliché elíptico de un recorrido en el bus, donde gran parte de mis ideas comienzan a adquirir sentido, y luego, envuelto en ese encierro libertario, los textos son paridos, alimentados y hasta perdonados de su pecado original. 

La literatura no merece más géneros de los que encasillan la humanidad, por ende, aunque podemos decirles a algunos Hombres-Realidad y Mujeres-Fantasía, la más mínima clasificación da origen a la inconmensurable diversidad sexual-literaria que nos nutre como humanidad: Hombre-afeminado-Cuento; Mujer-masculina-Ensayo; Transexual-Crónica – Hermafrodita-Novela y la mayoría de pseudo-escritores de Facebook – Asexuados. Sin embargo, no pienso decirles cuál es el lugar de mi identidad “literosexual”, porque se me hace innecesario ventilar mis preferencias lingüísticas pese a metaforizarlas bajo mis pantalones. Con esto solo quiero resaltar que el fenómeno de la creación literaria no depende de la tendencia a la hora de escribir, ni tampoco del espacio de re-cogi-miento, sino de la represión que logra “salir del closet” tras muchos años de cuajarse en el interior, consiguiendo así, traducir en libertad lo sucedido, de la mente hacia el cuerpo y del cuerpo hacia el exterior; desde donde la sociedad, sin importar cómo lo juzgue, estará en la obligación de vivir (leer) o matar (ignorar) su manifestación.

Ahora si, después de tan largo contexto voy a entrar en materia poniéndome el condón necesario para hablar sobre la realidad, sin correr el riesgo de contagiarme con su idiosincrasia. Durante mis espacios de escritura, la convivencia entre movilidad física y cerebral es renuente gracias a mi máquina de escribir de bolsillo; pero hasta ahora no me he referido con suficiente propiedad al transporte público donde mi literatura se nutre (de mucha comida chatarro-narrativa por obvias razones), y creo que, gracias al auge del Sistema Integrado de Transporte Público, este es un momento bastante divertido para empezar a hacerlo.

Para todos es bien sabido que moverse por la ciudad es casi un martirio (supongo de antemano no encontrar un mejor término para ello). Millones de penitentes van balanceando sus cabezas desde las 5:30 am en una procesión de pasos sincronizados con rumbo hacia cientos, quizá miles, de acuarios rodantes que enmarcan entre sus grandes ventanales la película de Bogotá. Cada doliente supone algo para decir, pero trata de callarlo ante la pena de los restantes madrugadores quienes a su vez, comparten el luto comunitario de estar sometidos a estas carrocerías urbanas donde el aire se agota y el silencio, indiferente, chismoso y cachaco, sobra en demasía. Ya sobre el recorrido, cada cual va en un rezo canónico con sus pecados, solicitándole al de arriba (o al de abajo según la rotación de la tierra) que no vaya a suceder nada extraordinario en su travesía. Rogamos que si hay un atraco que sea en el bus del frente, o si se presenta una protesta de "bándalos terroristas" no se atraviese por nuestro camino, o si un "idiota" conductor de transmilenio se choca en su único carril, sea después de pasar por la siguiente estación; así durante al menos una hora muerta de nuestra sobrevalorada existencia.

¿Cuál es problema con la movilidad de esta ciudad que parece un purgatorio interminable? ¿Y por qué pese a saberlo, no hacemos mucho para liberarnos de su condena?. La respuesta tal vez resida en nuestra manera de prever los trayectos diarios. Somos ciudadanos lineales, planos y cronometrados, no pensamos en movernos dentro de un sistema de flujos sino en recorridos de un punto A a un punto B en un tiempo definido, como quien asiste a un entierro arrancando en la sala de velación, siguiendo luego a la iglesia y finalizando en el cementerio. Amamos los cronogramas, los lugares y los viajes unidireccionales, comenzando en casa a las 8:00 am, reporte en la oficina a las 9:00 am, almuerzo programado a la 1:00 pm, cita importante a las 5:00 pm y devuelta al hogar a las 8:00 pm; y aunque tal repertorio se repite durante la semana, siempre resolvemos de manera facilista la manera de transportarnos. Entonces, el problema radica en que la inmensa mayoría elegimos la misma mediocre solución, casi a la misma hora y en similares direcciones, como si todos tuviesen el mismo muerto que lamentar.

Bogotá está a punto de sufrir de un infarto urbano. En horas pico, los ciudadanos nos convertimos en sus más peligrosos coágulos y la sangre en sus vías, buses articulados tan rojos como la ira, se atragantan a si mismos tratando de evacuar la gente que no sabe tomar decisiones más adecuadas para transitar en ellas. Las calles se obstruyen con burbujas rodantes henchidas de aire para su único conductor, mientras los más de 300 kilómetros de ciclorutas en desuso, sufren de falta de oxígeno por la excesiva emisión de CO2 que producen los automóviles (auto-estancados);  sin hablar siquiera de las increíbles filas de usuarios encima de los enclenques puentes peatonales, intentando acceder al embutido escarlata del que se siente orgulloso la capital, o del incremento en la tendencia suicida de querer comprarse una moto, sin intimidarse con tanto chofer-asesino acechando en las avenidas … En fin, la lista de malestares sobre la movilidad en Bogotá excede su deficiente metabolismo, y lo más preocupante es nuestra flagrante espera de una Santa Dra. Flechas que nos salve de la indigestión, o de un IDU encarnado en el Espíritu Santo que consuele nuestros corazones, o lo peor, de un Petro-Dios que nos devuelva la fe en la buena circulación.  

Sí. No puedo negarlo. Una capital como ésta necesita de manera inmediata una solución efectiva en términos de movilidad, y bajo el sombrero de un supuesto profesional en temas urbanos, reconozco la urgencia de un plan bien ejecutado como el SIT, o el metro, o por lo menos una revitalización del corredor férreo de Bogotá; pero más allá de mi opinión proyectista-megalomaniaca, siento muy en el fondo que gran parte de la solución se encuentra en nuestra falta de cultura ciudadana. El uso de las bicicletas, no solo es económico, sino consecuente con la cantidad de cráteres que existen en las autopistas; salir 15 minutos antes, usar con calma, paciencia e inteligencia el sistema de transporte, es una respuesta para evitar la “blujeaneada” matutina; regalarse un tiempo después de la oficina para leer, tomar un café y esperar que se descongestionen un poco las vías, es una manera de terminar más tranquilo el día de trabajo; compartir el carro con 2 personas que llenen los puestos traseros significa quitarse de encima 16 m2 de trancón; o por lo menos planear mejor los recorridos, bajo el criterio de elegir el transporte más adecuado durante toda la jornada (incluyendo por supuesto caminar), son solo algunos ejemplos que podrían hacer de esta ciudad algo menos insoportable, mientras la santísima trinidad gubernamental, resulta haciendo el milagrito de la buena movilidad urbana.

Con seguridad seguiré discutiendo estos temas en otros artículos, posiblemente sumergido en un soliloquio espiritual sin prestar mucha atención a los comentarios sobre el Know-How de mis escritos (¿Recuerdan el comienzo de este texto cuando quise reivindicar la diversidad de género (((y que se empute la RAE por usar ese término))) en las palabras? Si ha de ser así, seré un transgender literario hasta el final de mi escueta vida mientras un Dios sociolecto me lo permita), pero creo que por ahora es suficiente mi reflexión sobre la mejor forma de actuar para evitarnos un paro cardiaco capitalino. 

No obstante, entiendo las miles de dudas sugerentes a causa de un texto tan poco sustancioso como éste: ¿Qué hay sobre las marchas que ponen en jaque fácilmente la red vial? ¿Cómo solventar (sin crueldad pero no sin masoquismo) el bloqueo generado por un atentado como el ocurrido hace unos días, en pleno espacio público destinado al transporte? ¿Sobre cuál argumento es bueno apoyar o desistir en la idea de un tranvía, un subte, o tren eléctrico? ¿En realidad se puede mitigar la presión privada de las empresas de buses frente al monopolio de Transmilenio S.A.? … Muchas preguntas por resolver y que por razones bastante lógicas, no pretendo responder mientras exista aún en mi, el completo desinterés de darles a mis queridos lectores la papilla masticada en envases de compota inteligente, evitándome con ello, involucionar a la época en donde metíamos los dedos en los enchufes, usábamos pañales (algunos, con cierto asco, reutilizables) y nos escondíamos en vano al orinarnos sobre la cama. Fuera de los consejos antes expuestos, dejaré por costumbre el más importante hacia el final. Infórmese antes de cometer el mismo error de subirse a un bus día tras día maldiciéndose de ser pobre, y por ende, no tener otro mecanismo para irse que aquel suministrado a través de sus propios impuestos, o en últimas, lamentarse de su arribista flagelo al no sentirse "progresando” sin poder comprarse un vehículo nuevo. 

Gracias... y por favor use anticonceptivo para sus ideas aún cuando, por gloria celestial, consiga un asiento en el "transmilleno". No me vaya a untar de cualquier frustración extraña por no haber aceptado su inclinación sexo-intelectual.


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25 mar 2012

Acerca de: EL AMOR PLATÓNICO

"El amor platónico se desintegra apenas lo consumimos y con él no solo se despide su magia, sino también nuestra autoestima".


¡L’amour, l’amour, , l’amour!... Cada vez que pienso en el amor, mi cabeza automáticamente se pone en modo licuadora y en pocos segundos, me prepara un cocktail de recuerdos femeninos listos para ser bebidos de un solo totazo. Aquel líquido de instantes raros y exóticos primero se pasea con nostalgia sobre mi paladar, luego se lanza casi ardiendo por la garganta hasta caer como un vacío dentro del estómago; todo para terminar mezclándose, de manera muy promiscua, con las ácidas despedidas, los salados remordimientos, las agridulces promesas y los amargos sueños incumplidos ... ¡¡¡Vaya trago pa' fuerte!!! ¡El amor! ¡El amor! ¡El amor!... El amor es la droga de los pobres, el negocio de los ricos y el novelón de los famosos; sin embargo, aunque revivir mis funestos enamoramientos me embriaga de una forma melancólica perfecta para escribir, la resaca de mis errores me puede más; y por ello no voy a tomar un mezclador alfabético para hablar sobre lo que padezco y mejor, me dedicaré a despotricar sobre la fe que sufrimos todos al querer hallar el elixir de la felicidad.

Platón era sociópata, un vago con alucinógenos bajo la lengua, una especie de manifestación incandescente de la pereza de los dioses, un cerebro flotante que no supo cómo anclarse a la tierra y decidió esparcir su ocio intelectual por el aire, el cual algunos todavía tenemos la osadía de respirar... En fin, Platón era un filósofo enceguecido por la idolatría, y su vida estaba encarcelada en una caverna de ideas desde la cual controlaba el universo; alguien muy similar a Petro pretendiendo gobernar 8 millones de habitantes desde los 140 barrotes enjaulados de su Twitter... y tal fue el castigo divino por su atrevimiento, que hasta la actualidad calificamos bajo su nombre todo aquello que por su naturaleza es considerado imposible... como el amor platónico.

Amar es peligroso, más aún si se es capaz de hacerlo de la cintura para arriba, pero es aún más letal si amamos una fantasía que convive atrevidamente con nuestra realidad, suplantándola con una imaginaria y muy mala comedia hollywoodense. Resulta peligroso porque mientras el amor verdadero (que igual no deja de ser en la mayoría de los casos un alter-ego de nuestra falta de autoestima) tiene por lo menos la decencia de esparcirse como mermelada sobre la piel sin empalagarla; el amor platónico nos alimenta de ausencia insípida, de inseguridad tortuosa y sonriente, de nuestra propia saliva cuando pensamos en besar al objeto de nuestra pasión inconclusa... Al enamorarnos de la nada, del frustrante deseo de querer y no tener, nos convertimos en onanistas del futuro, en placebos andantes donde las emociones no son una cura sino una enfermedad.

Tal vez esté siendo un poco agresivo al referirme al amor de juguete con tanta displicencia, más aun cuando veo a mi amada Natalie Portman en una película y se me sale una sonrisa anestesiada de tristeza, o cuando recuerdo a aquella chica de ojos azules corriendo alrededor de mi salón en sexto de bachillerato, y se me bajan los ojos entre la alegría y la nostalgia; pero siendo realistas, soñar platónicamente con la persona indicada en una historia perfecta, es como ser un minero chocuano untado de oro hasta el sudor, quien vuelve a su casa desde la mina del frente más pobre que la noche anterior... o en otras palabras, tener un amor platónico es igual a convivir con esa sensación de sentir que algo valioso te pertenece, que es tan tuyo como tu piel (negra), pero que el destino sin una razón justificada, puso a otro hijodeputa, (si es en el chocó o es paisa o extranjero) a que disfrutara de tu objeto a-dorado.

Por otra parte, deteniéndonos en este último concepto, el gran Aaaaamorrrrrr (nótese el suspiro casi matrimonial), seguro será una persona capaz de valorar tus mayores virtudes, mientras pensaría en escribirte un manual de instrucciones para usar bien el inodoro... en cambio, el amor platónico es tan solo la más romántica y vulgar reducción de un ser humano a un objeto, a un objeto emocional, intelectual o físico. A causa de ello no resulta gratuito que las muñecas inflables de mayor pedido sigan siendo Angelina Jolie o Pamela Anderson, o que un juguete sexual femenino sea bautizado como Roger o hasta Faustino (y no estoy exagerando). Eso se da porque la simbolización de nuestro deseado sujeto no solo es falsa, sino que en descaro a nosotros también nos gusta que nos mienta... Para comprobárselo le voy a sugerir una de mis frecuentes preguntas inútiles... Si no nos gustara que la imagen proyectada del amor nos engañara, entonces ¿Por qué cuando tenemos la fortuna (más bien desgracia) de conocer a un amor platónico de cerca, y este se manifiesta tal como es, sentimos que algo interior se nos rompe?... Resulta no siendo tan bonito de cerca, o tal vez parecía brillante pero terminó siendo un completo imbécil, no importa el caso, siempre tiende a decepcionarnos; y todavía es peor cuando sufrimos de un trastorno obsesivo-compulsivo por él, y preferimos mil veces justificarlo a costa de nuestra propia integridad, que aceptar la denigrante maraña de irrealidades con las cuales estimulamos nuestra ingenuidad; tal como pretendía aquella niña vendiendo su virginidad a cambio de una boleta de Justin Bieber, antes de terminar “violada” por un malparido que seguro solo se sabía canciones de los corraleros del norte.

El amor platónico se desintegra apenas lo consumimos y con él no solo se despide su magia, sino también nuestra autoestima. Quizá sean muy pocos los Devendra Banhart quienes tuvieron el placer de amanecer con la señorita Portman, mientras millones de anónimos pagamos tiquete de cine para verla bailar en su tutú blanco; sin embargo pese a ello, muchos seguimos creyendo que algún día la veremos pasar por la calle, ella se acercará a pedirnos una dirección y acabaremos en la puerta de su apartamento, deshaciéndonos de la ropa esclavizante y fundiéndonos entre sus besos libertarios.

¡Ayayayayyyyyyy amor platónico! Si ya sabía lo falso que eres ¿Por qué seguía yendo una vez al año al mismo bar, siempre el mismo día, donde vi alguna vez a esa chica de miradas azules de mi niñez, y fui incapaz de hablarle? ¿Acaso presentía muy en el fondo que si mi curiosidad rompía el misterio, (como el destino me obligó a hacerlo en una grabación) ella terminaría siendo una aburrida manicurista de RCN con ínfulas de estrella de cine?


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29 feb 2012

Acerca de: LOS BOLSILLOS


"No hay situación más incómoda que tener las manos ocupadas y estar obligados a sentir los dedos de otro individuo, mientras escarba con inútil cuidado entre los pliegues de la ceñidísima tela contra la piel... es casi como una citología sorpresa."
 

Tengo un miedo terrible desde pequeño y es el de llegar a perder una mano, o en el peor de los casos las dos; aunque la posibilidad de verlas desaparecer juntas es tan baja que es más probable ver a Timochenco bailando la cucharita se me perdió, en los quince de la hija del comisionado para la paz, que llegar al extremo de perder todos mis dedos de una sola tirada (¡upssss!... Si lo condenan ojalá no sea por haberse "desmovilizado" la cadera falsamente, mientras le seguía el paso al jefe de las FARC).

Tal miedo abominable a la mutilación espontánea surgió en mi niñez, cuando un estúpido payaso me saludó con una mano de goma en una fiesta de recreación y al jalarla se desprendió, haciéndome creer que se la había arrancado con mi propia fuerza. A penas la sujeté en el aire entré en shock de inmediato sin darle siquiera la oportunidad de remediar su broma de mal gusto. Desde aquel momento tengo la fijación tonta pero justificada de saludar con sutileza y permanecer con las manos entre los bolsillos para que no se me salgan del brazo; sin embargo, no fue difícil convivir con mis traumas infantiles hasta que un día, metí una mano entre un bolsillo roto y sentí como éste se tragaba mi brazo sin misericordia... Desde ahí comenzó una nueva pesadilla.

Vivimos llenos de agujeros, pequeños vacíos sombríos fabricados de tela y ansiedad, llenos de boronas micro-sobrevivientes y de excéntricas costuras rebosadas de orgullo. No importa si están rotos o en perfecto estado, su razón de ser los obliga a devorar cualquier cosa dentro de ellos, y en algunas ocasiones, no están dispuestos a devolverlas. Mientras escribo he logrado enumerar (sin contar), más de 10 de estos recipientes; y entre ellos puedo ver (sin mirar) cómo se esconden democráticamente los objetos más significativos de mi vida cotidiana, en contraposición a la basura más sorprendente del día (hago constar de antemano que, aunque separo las cosas importantes de las otras, en muchas ocasiones las confundo y terminan siendo las mismas, sin importar si es mi vida o la de los demás) . También en ellos puedo sentir las gotas secas del sudor ocioso, alguna factura inútil de supermercado y una buena cantidad de trocitos de pasado que arman el rompecabezas de mis instantes desechables. Sin embargo ¿se ha dado cuenta de la odisea emprendida por sus dedos tratando de diferenciar lo relevante de lo insignificante entre lo que guarda? pues bien, examinemos entonces en dónde se oculta el misterio.

Un bolsillo, denominado por los franceses Le sac, por los alemanes Der handtasche y por los coreanos (¿¿¿¿WTF????), es un recinto vital arrojado a las sombras; una especie de vorágine aplanada que conduce a un universo paralelo, donde nosotros nos reducimos a tarjetas con fotografía, nuestro hogar se aminora hasta un trozo de metal, nuestro instinto de supervivencia se materializa en papel moneda, y nuestro círculo social se congrega en un aparatito lleno de ruidos raros y teclas con nombre propio (¿Teléfonos inteligentes? ¡Vaya mentira más bochornosa!, pero sobre ellos escribiré luego). Cuando una mano entra en aquella bolsa de Pandora, acaricia un viaje en el espacio-tiempo que conecta el mundo real con el universo simbólico, donde la poderosa textura de un billete, se entremezcla fácilmente con el nombre de la persona amada escrito entre circuitos electrónicos; y si no fuera porque las conexiones cerebrales son más inteligentes que nuestra consciencia, los uniríamos a los dos más veces de las que nuestra pareja quisiera darse cuenta.

También un “saquillo” puede ser la entrada indirecta a nuestra intimidad, a ese territorio donde tocar con disimulo y rascarse sin ser visto, con cierta complacencia orgásmica, es la mayor "pruebita" de amor hacia sí mismo. Por ello, no hay situación más incómoda que tener las manos ocupadas y estar obligados a sentir los dedos de otro individuo, mientras escarba con inútil cuidado entre los pliegues de la ceñidísima tela contra la piel... es casi como una citología sorpresa.

En fin, dejando atrás todas estas verídicas y rebuscadas teorías, es necesario caer en cuenta que los bolsillos de la ropa también son un manifiesto sexista en la interminable lucha de géneros. Un pantalón de hombre por ejemplo, contiene dos o más bolsillos en su haber donde se guarda apenas lo necesario, fuera de una cantidad incongruente de tarjetas de presentación como si estuviese coleccionando un directorio; en cambio, un pantalón femenino sin importar su tipo, tiene mucha suerte si alcanza a tener un par de trampas para esmalte para cada una de sus manos. A razón de ello, una mujer tiene que demostrar su sorprendente destreza al evitar que sus dedos se vean atrapados por el textil, en la frecuente proeza de extraer tan solo un papel de su propio pantalón... Eso sin hablar de la muy extraña tendencia de los diseñadores al hacer costuras falsas para simular los pliegues sobre la pierna, como si de manera psicológica se estuviese atacando el feminismo contemporáneo con un ejército de mujeres incapaces de "meterse la mano al bolsillo" cuando de pagar la cuenta se trata.

Ante todo este delirio machista de hacer la ropa femenina como una segunda piel (casi asfixiando la primera), una chica promedio no tiene más alternativa que aumentar el diámetro de su Mega-vacío principal... El increíble bolso... dejando atrás esa bonita época de las microcarteras Louis Vuitton al estilo de la Rebecca de Hitchcock, para acabar con unas pobres tulas de bodega, las cuales brillan de soberbia con la marquilla D&G grabada en un estampado mediocre por toda la superficie. Ya en su interior, esta bolsa infinita no solo se dedica a suplir la necesidad de espacio ausente en la vestimenta, también da pie al maravilloso surrealismo femenino donde puede encontrarse hasta un arsenal completo de maquillaje que bien podría retocar una caravana de circo, pero no se hallaría, en el 50% de los casos al menos, algo tan fundamental como un paraguas, la cédula de ciudadanía o las llaves de la casa.

Una última reflexión sobre tan útil saco de tela, (haciéndole caso a una querida lectora de risos sonrojados, quien argumenta que siempre empiezo en un punto y casi no termino en ninguno), un bolsillo se traga las cosas que resguarda. Definitivo. Como una especie de paradoja fantástica donde miles de elementos se desaparecen, huyen o se pasan por invisibles (incluidas las manos... aunque en realidad duerman ahí como los peces durante varios segundos aleatorios en el día); cuando en realidad, estos saquitos llenos de motas fueron diseñados para resguardarlos y protegerlos del “esculcador” exterior. Si piensa que estoy exagerando recuerde cuántos celulares se han esfumado de los bolsillos como por arte de magia (¡¡¡maldito payaso!!! ¡Odiaré su mano falsa toda la vida!), o en cuántas ocasiones ha casi sentido su monedero ahí y solo cuando lo necesita cae en cuenta de su ausencia, o por último, siendo optimistas ¿Alguna vez ha encontrado un billete sorpresa dentro de un jean que no usaba hace tiempo, y esto le ha arreglado un mal día?... ¿Ve?... ¡Los bolsillos son un agujero de conejo para el siglo XXI!, y nosotros las Dorothy's contemporáneas, quienes en cada incursión dentro de ellos nos exponemos a los más fascinantes misteriosos entre los más traumáticos descubrimientos... Si todavía piensa que exagero, revísese bien... Quizás ya no tenga algo importante para usted, y si es usted de las que usa esos "talegos" de tela (cada vez más "talegos" y menos carteras) escarbe muy profundo en ese gran pozo de oscuridad... Si encuentra algo como una carta de amor de hace varios años o un par de medias de reposición, es usted la digna heredera de la bolsa mágica de San Pedro , solo que en vez de usarlo para salvarle la vida, posiblemente esté lleno de "maricaditas" para complicársela.

PDTA: (Acostumbrándome a los post-data... Aunque las estadísticas digan que los colombianos cada vez leemos menos, a mí por lo menos me gusta escribir (de) más)...  Aquel payaso se llamaba Eliécer; digo que se llamaba porque está muerto para mí... Juraría que era manco, o por lo menos eso me dice él mismo en algunas pesadillas… Espero de todo corazón que haya recuperado su mano y pueda estar en este momento pensionado, ojalá rascándose las pelotas entre el muy valioso y añejo bolsillo de un anciano.


26 ene 2012

Acerca de: SER UN DESPLAZADO... AQUÍ



"Colombia es un país acostumbrado a poner en el noticiero una pila de muertos al lado de la sección de farándula"
Dedicado a Laura Quiceno


Laura me había hablado de una mujer, una mujer de un millón de pasos y bastantes recorridos, una mujer de miles de esfuerzos y varios fracasos, una mujer de cientos de palabras y muchos años, una mujer de casi diez desplazamientos forzados y aun así muy pocas lágrimas. ¡Vaya mujer! Que tristeza que no sea la única...

Colombia es un país acostumbrado a poner en el noticiero una pila de muertos al lado de la sección de farándula, como si las tetas de Sofía Vergara estuvieran a la altura de una asesinato y ¡No!... Un cadáver, por su usual manera de viajar acostado, seguramente no podría verlas; entonces, nuestro problema de conducta no es una simple falta de respeto, sino de una constante falta de tacto. No queremos tocar la realidad nacional tanto como quisiéramos mandarle la mano chica del bikini sobre la playa caliente; si fuese así, percibiríamos la obvia diferencia mediática entre el sol de Pepsi y el sudor de arriero apaciguado con agua’panela . Ahora bien, cuando de vivos agónicos se trata la situación cambia de forma notoria. Para saber de ellos no es necesario encender el televisor o escuchar a Julito en las mañanas, uno los puede ver por ahí, se los cruza por ahí, los percibe por ahí y sin darse cuenta, los ignora de todas las maneras posibles.

Cuando me nombran una provincia santandereana de la cual es originaria la señora Edilia, se me viene a la cabeza un destino exótico e inútil, de tierra fértil, silencio y tranquilidad, al cual me desplazaría gustoso para depositar mis últimas ideas, tal como hizo Eduardo el nadaista huyendo San Francisco, un pueblito moribundamente feliz; sin embargo, al conocer el testimonio de Edilia entre las campañas de ONU-Mujeres, ya no puedo imaginar ese lugar más allá de un tiro en la cabeza como souvenir de mi visita. Por razones que espero usted intuya, ella no se desplazó gustosa de su casa campesina, ni de los otros 7 lugares de donde la han sacado (viva por lo menos); salió corriendo de cada uno de ellos en un intento por salvarse, dejando poco a poco la vida de los suyos atrás, varios más allá del recorrido y otros simplemente en el más allá. ¡Claro! a esta altura del partido ella seguro está a salvo, es un ícono femenino de la lucha contra la violencia reconocida por la ONU, pero ¿Y el resto?

Ser desplazado en Bogotá es la última (pero permanente) tendencia de la moda. Aquí existen programas de ayuda un poco mejor desarrollados, hay colonias, barrios y hasta redes informales de trabajo callejero para desamparados; aquí el clima es más benéfico para tirarse al suelo, estirar la mano durante las 8 horas reglamentarias, y ganar hasta $45.000 diarios; aquí escuchamos una historia de película (aunque la realidad supere la ficción) e inauguramos fundaciones, hablamos con el alcalde de turno y ¡Voilà! un nuevo comedor comunitario... en fin, la capital es el terreno propicio para llegar después de una masacre y hacer de la vida algo menos miserable. Pero, al verlo desde otra perspectiva, cuando un desplazado decide arribar a la capital, también asume el riesgo de perder su identidad, dejando atrás todo aquello que constituye su individualidad para terminar como un microorganismo más, dentro de la creciente economía parásita.

Un individuo metropolitano se viste de indiferencia desde su nacimiento, se perfuma de extravagancia para llamar la atención y entrena frente a una pantalla durante el transcurso de la noche, con tal de salir victorioso de aquella "miradera" matutina a la que dedica su recorrido en ese acuario rodante, mal llamado transmilenio, como si cada pececito fuese un embutido depredador. Pero al tratarse de un prófugo de la violencia, éste tendrá que estrellarse contra el generalizado "importaculismo" bogotano sin más refugio que revivir día a día el drama de su historia, consiguiendo renunciar de manera involuntaria a sus sueños futuros, y acabar así sobreviviendo en modo vampiro dentro del sanguinario cuenta gotas de la limosna. No solo la desgracia lo acongoja, también se aferra a ella en un acto de resignación y pereza, porque aquí no es útil ni para las estadísticas, las cuales apenas pueden verlo como un punto arrinconado entre decimales; aquí su existencia se resume en cinco minutos, uno de ellos completamente desperdiciado en obligarnos a corear su "buenos días" entre el clásico vallenato de bus. Aquí en la capital (a diferencia de un pueblo donde tarde o temprano se pondría a rehacer su vida) sus latidos se miden en monedas, su dolor tiene la longitud de una cifra con un cero a la izquierda, y su dignidad se reduce a la cantidad de certificados que ha de llevar para adquirir la membresía de desplazado oficial ante el estado.

Nosotros los anónimos, quienes a falta de nombre propio decidimos adoptar apellidos físicos como Adidas, Diesel, Blackberry etc., al vivir en una constante negación de la realidad asumimos todo lo foráneo bajo tres muy simplistas puntos de vista: Folclórico (como los lagartos que traga sin masticar) Maravilloso (como un perrito que saborea sin probar) o Trágico (como un humano que habla de lo que no sabe aunque tenga la boca llena). Muchas víctimas del desplazamiento reconocen tal comportamiento con su sagaz ingenuidad, y se apegan a él como la última de sus esperanzas. Se trepan a los buses para contar su tragedia, reciben dinero a manera de sahumerio para anestesiar su espíritu, y siendo éste un narcótico de los que vale la pena consumir, caen en la paulatina adicción de memorizar su prosa, añadiéndole exageraciones de acento y una mirada cristalizada de dolor como si fuera una joya de vulgar bisutería.

Mientras las personas desplazadas aprendían (con desgracia) a teatralizar sus vivencias; en mis viajes al Casanare y al Vichada, tuve que ver la subasta barata de sus predios abandonados, los cuales acababan en los 5 bolsillos de los mismos encorbatados de siempre. Aquellas tierras que habían sido "arrebatadas del terrorismo", no fueron reclamadas por "nadie" y tuvieron que ser "administradas" por los "mas" ¿dignos? representantes de la "democracia". Ante eso prefiero creerle al presidente Chávez mientras dice utilizar la tecnología iraní para procesar el maíz de sus arepas, y Ahmadineyad argumentando que las únicas bombas que tiene son de amor y fraternidad para los países antiimperialistas (vaya discurso, el traductor sabía de memoria la palabra Arrogancia, pero el presidente árabe nunca escuchó el término Revolución Bolivariana, ¿será que en el diccionario de sinónimos Español - Árabe, significaban lo mismo?)... Retomando, prefiero creerles a este par de arribistas personajes, que a varios de nuestros histéricos representantes de gobierno, quienes con una mano se están rasgando las vestiduras y que con la otra se cubren las más oscuras ambiciones. Aquellas tierras, al igual que las de San Luís de Antioquia o las de Montes de María en Sucre y Bolívar, seguro tienen a sus terratenientes aquí con la cara sucia de tierra (a veces real o a veces falsa); arrojados en aquel metro cuadrado sobre el puente por el que cambiaron sus fanegadas rurales...

¡Agh! Me indigné de nuevo... Voy a dejar hasta ahí porque es de todos sabido que mientras ud termina de leerme, estará pensando en el siguiente click de su vida, un hecho que para muchos es tan trascendental como para algunos desplazados conservar la dignidad, y yo por mi parte estaré salvando el país desde una tienda de cerveza como acostumbramos a hacer los colombianos; mientras en últimas los otros (muy poquitos otros), con sus helicópteros privados van desplazándose por toda la soberanía, comprando la huella geográfica de una miseria nacional que el CODHES y Acción Social por lo menos deberían medir su valor de la siguiente manera:


 


Ahh! Una cosa que olvidaba, a aquellos adeptos (desadaptados) de la literatura sin paréntesis, les digo (aunque literalmente lo estén leyendo) que bien pueden ir desalojando mi blog (con discreción por favor que también los amo) ¡Muchas Gracias! (y piruetas… e incipientes soserías para ustedes) 



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